Dabucurí: ofrecimiento de la Selva – Por Alejandro Campuzano Zuluaga

 

Se acerca el amanecer, la comunidad parece dormida pero las apariencias engañan. De las cocinas empieza a salir humo; las mujeres están prendiendo los fogones para calentar la quiñampira, un tradicional caldo de pescado con ají que se consume en el Vaupés. Muchos hombres están volviendo del río donde han pasado la noche pescando y cazando; algunos se están bañando y otros aún descansan cobijados por los incontables sonidos de la selva: chicharras, grillos, ranas, mamíferos y un sinnúmero de animales que interpretan las canciones del bosque. Se escuchan voces tenues salir de las cocinas donde padres, madres e hijos hablan sobre sueños impregnados de selva y río.

Noche estrellada en el la comunidad de Puerto Loro, Tiquié 

Amanece y la comunidad queda inmersa bajo el grave sonido del urí, un instrumento de barro cocido que se escucha a gran distancia. Todos allí saben que su sonido es el llamado del capitán a la comunidad para que se reúnan en la maloca. Así sucede cada mañana al salir los primeros rayos de sol. Se degusta un desayuno de casabe, una especie de pan hecho a partir de la harina de la yuca brava, con quiñapira y algunas otras delicias de la selva, como la muñica preparada a partir de pescado pilado cocinado y el almidón de yuca y el yapura que es un fruto de la región que al ser preparado de una forma especial tiene un sabor similar al queso azul; esto se acompaña con mingao, una colada cocinada a base de agua, almidón de yuca y frutas y la manicuera, preparada con el líquido venenoso  extraído de la Yuca Brava que, sólo al ser cocinado, puede ser consumido. Además se dispone de una incontable cantidad de jugos de todas las frutas principalmente de palmas como el Miriti (Mauritia flexuosa), Wasai (Euterpe spp.), la Pupuña (Bactris gassipaes), el Patava (Oenocarpus spp.), entre otros.

Cuando todos han desayunado, toma la palabra el capitán de la comunidad, anunciando que su padre, un poderoso y bondadoso Paye del Vaupés, ha dicho que es el momento de empezar los preparativos para hacer un dabucurí de carne, una fiesta tradicional en la que se hace un ofrecimiento a un grupo cuñado, en signo de amistad y buena vecindad, se hacen sanaciones del medio ambiente y del mundo. Es así como empiezan los preparativos para una de las tantas fiestas que celebran los pueblos indígenas del Vaupés. Las estrellas lo han dicho.

Preparativos de los payés para el dabucurí

A esta hora se percibe cómo la selva respira al encontrarse cubierta por un manto de neblina. Comienza el día en la comunidad Bara de Puerto Loro, en el Caño Macucu, afluente del río Tiquié en el Departamento de Vaupés en la amazonia colombiana. Allí  se encuentra el territorio indígena más extenso y diverso de Colombia donde el 90% de su población es indígena. Un área superior al 90% de su territorio está ocupada por tres resguardos indígenas: el Gran Resguardo del Vaupés, Arara- Bacatí-Lagos de Jamaicurú y Yaigojé-Río Apaporis.

Aquí habitan más de 27 etnias que pertenecen a cuatro familias lingüísticas. Los Arawak que están representados por dos grupos; la familia Tukano que son alrededor de 20 grupos; tres grupos representan a los Makú; y los Caribe que están representados por los Carijona.

Las selvas de Vaupés

Hay al menos 24 lenguas identificadas que aún perduran y cada una representa una etnia con sus saberes culturales, su cosmovisión y rituales propios. Los grupos de la familia lingüística de los Tukano comparten un área geográfica continua y un mismo modo de vida básico en el que está incluida la agricultura de subsistencia (migratoria), en la que predomina la yuca brava, la recolección, la pesca y la cacería.  Cada grupo tiene una identidad y un lugar propios dentro del sistema, además tiene derechos sobre un territorio único con características y potencialidades diferentes. Todos ellos se encuentran en constante interacción y es común encontrar personas que hablan alrededor de cinco lenguas, además del español y el portugués.

Familia Valle Lopez de la comunidad de Bellavista desplazandose a una de sus chagras

 

 El río Tiquié

Estas comunidades habitan la región del Alto Río Negro, caracterizada por la existencia de ríos de aguas oscuras o de aguas negras, también llamados ¨ríos de hambre¨ por su baja riqueza en cuanto a recursos pesqueros. Los habitantes de la región poseen diferentes estrategias adaptativas para la supervivencia en estos ambientes: son comunidades sedentarias que se encuentran establecidas en las márgenes de los ríos; tribus semi-nómadas que habitan dentro de los bosques alejados de los ríos; y grupos de indígenas occidentalizados que habitan los grandes centros poblacionales.

Petroglifos en el Tiquié

Entre la familia lingüística de los Tukano Oriental se encuentran los grupos étnicos Bara y Tuyuca. Estos poseen un sistema de parentesco dravídico, al intercambiar hermanas entre diferentes grupos étnicos se generan matrimonios con primos cruzados, por esta razón se llaman entre sí grupos cuñados. En este caso los Bara se casan con Tuyucas, y viceversa.

El grupo étnico Bara, también conocido como Wáimaja, habita principalmente en las cabeceras del río Tiquié encima de la comunidad de Trinidad en el departamento del Vaupés; habitan caño Colorado, en el río Inambú, caño Macucú, Alto Río Tiquié, caño Yapú, y Carurú. Se estima que hay una población de 208 individuos dispersos alrededor del país y es considerada una etnia en riesgo de desaparecer. En la comunidad de Puerto Loro de Macucú hay una población de alrededor de 62 personas. Son hábiles fabricando canoas y actualmente son unos de los principales elaboradores de ornamentos de plumas que son usados en las grandes ceremonias.

Maloca de la comunidad Bará de Santa Teresita, Caño Macucú

Esta zona del Tiquié ha logrado preservar sus tradiciones y culturas de manera casi intacta hasta el día de hoy, pues al ser de difícil acceso sólo recientemente pudo ser intervenida por los misioneros. En el lado colombiano del Tiquié se encuentran comunidades muy tradicionales con conocimientos ancestrales que conservan la cultura indígena en su máxima expresión a través de todos sus rituales y su forma de vivir y convivir con el medio ambiente.

Después del desayuno comunitario en Puerto Loro, los hombres empiezan sus preparativos que los llevarán río arriba hacia la espesura de la selva a donde se irán al menos durante cinco días, en parejas, con el fin de conseguir carne de monte para el ofrecimiento que se hará en la celebración. Toda esta carne será moqueada (ahumada) para lograr su conservación. A su vez, las mujeres siguen con sus trabajos cotidianos en la chagra: limpieza, siembra y recolección. Mientras tanto, quienes se encuentran en el monte buscan insectos para alimentarse, como los deliciosos mojojoys (larvas de algunas especies de escarabajos) la crujiente manivara (Syntermes sp.) o los gusanos de tapuru (algunas larvas de mariposas); otros, por su parte, están buscando frutos del monte como el miriti (Mauritia flexuosa), la patava (Oenocarpus bataua) o el wasaii (Euterpe spp.).

Mojojoys comestibles (Coleoptera)

Gusano de Guama

Manivara (Syntermes sp.)

El tiempo ha pasado. Ya faltan pocos días para la fiesta y la mayoría de la comunidad se encuentra realizando los últimos preparativos. Los danzadores están fabricando sus bastones percutores de guarumo (Cecropia sp.). Las mujeres están cosechando los frutos de sus chagras para hacer gran variedad de chichas de todos los sabores. Algunos hombres están cosechando hojas de coca para elaborar el mambe, alimento para el espíritu. Otros están de cacería, de pesca o recolectando insectos y frutos en la selva; todo con el fin de compartir durante la fiesta lo obtenido con el resto de la comunidad y los invitados.

Pintando los bastones de Guarumo

Es el día de la fiesta. En la comunidad se respira alegría y abundan las risas. Ya la chicha está lista y las canoas están llenas de ella. Los bastones percutores están preparados para ser utilizados. El sagrado bejuco de Yajé (Banisteriopsis caapi),  listo para ser preparado y rezado por el Paye. La caja, donde se guardan celosamente los plumajes y demás ornamentaciones usadas en las danzas es sacada y abierta para desplegar su precioso y sagrado contenido, legado de generaciones pasadas, y una de las pocas herencias materiales que poseen en la actualidad estos pueblos indígenas. Los danzadores empiezan a adornarse con sus indumentarias tradicionales.

Esta caja con la ornamentación para las danzas ocupa un lugar especial en el centro de la maloca, que es concebida como un cuerpo en el que dicha caja es su corazón. Las identidades inalienables de los animales (como sus plumas y pelos, entre otros) no pueden ser consumidas y deben ser quemadas o convertidas en identidades humanas en forma de ornamentos. Las mujeres domestican las crías y juveniles de los animales cazados, en tanto los hombres se apropian y domestican las identidades de estos por medio del arte de tejer los plumajes, pelajes y huesos. De alguna manera estas cajas contienen, simbólicamente, los espíritus de la selva.

Caja de plumajes

Muchas de estas cajas y ornamentaciones han ido desapareciendo en el tiempo por diferentes causas, una de las principales ha sido la pérdida de la identidad cultural y de los modos de vida tradicionales, los cuales han estado en peligro desde que empezó el contacto con occidente. Una de las principales causas de la pérdida de identidad cultural fue la evangelización. Basta como ejemplo mencionar que cuando llegaron a las tierras de Vaupés los misioneros Monfortianos y Salesianos a principios de 1900, los indígenas habitaban en malocas, grandes casas dispersas por la selva, en las que vivían varias familias bajo el mismo techo. Estas casas fueron consideradas por los misioneros como sitios de corrupción y promiscuidad por lo que ordenaron que fueran destruidas. Así los indígenas pasaron a ser concentrados en aldeas. Los niños fueron reclutados en internados donde se les prohibía hablar su lengua; la pena por hacerlo era ser golpeado o castigado y se les enseñaba que su cultura era mala. A su vez, las cajas donde se guardaba la sagrada ornamentación fueron quemadas, en algunos casos, y, en otros, fueron robadas para ser llevadas a museos y colecciones privadas alrededor del mundo.

Cachivera cerca de Puerto Loro

Al comenzar la fiesta, los danzadores entran a la maloca cantando bajo el sonido de los Uris y las indicaciones del paye. En sus manos cargan canastos llenos de carne de monte, Lapas (Cuniculus paca), Yacares (Paleosuchus spp.), Tapir (Tapyrus terrestris), entre otra cantidad de animales que hacen parte de su dieta. Después de pasearse por toda la maloca en círculos, la carne es entregada a los invitados como ofrecimiento.

Inicio del Dabucurí

Entrega de ofrecimiento a los Tuyuca invitados

Ofrecimiento de carne

La maloca se va inundando de música ancestral, sonidos de la selva humanizada, suenan los carrizos, los caparazones de tortuga, los uris, los danzadores y sus cantos. Durante la fiesta se escuchan los rezos de los Payes y Kumús cuyo fin es la sanación y el bienestar de la selva y el mundo entero. Vienen a nuestra memoria los rezos de los monjes tibetanos o los cantos gregorianos al escucharlos. Después de conocer a muchas de estas personas y ver el proceso que conlleva ser un Paye o un Kumú es innegable la profunda mística que envuelve nuestras selvas amazónicas.

Los Payes y Kumus son personas de la comunidad que se encargan de mantener el equilibrio del medio ambiente (natural, cultural y social). Ellos son los administradores de los recursos naturales pues poseen un amplio conocimiento ecológico. La tarea principal del Paye es ser un mediador entre las personas, el mundo de los animales y la selva. Él es quien debe llevar a cabo acciones ecológicas “humanizadas” con el fin de beneficiar la supervivencia de la selva y todos sus habitantes.

Instrumentos musicales, iluistraciones David Vieco

Durante todo el día y la noche, hasta el día siguiente cada rincón de la maloca se transforma en un lugar sagrado, vive con la recreación de los diferentes ciclos y relaciones que existen entre peces, mamíferos, frutas, árboles y demás vivientes de la selva, a través de los cantos y danzas. Así la comunidad garantiza la existencia de las demás especies que conviven junto a ella en esta región de la tierra y la fertilidad continuada de la naturaleza. A su vez, en esta celebración se estrechan los vínculos colectivos que tienen la comunidad con la selva y sus habitantes.

Una parte fundamental de estos rituales es el intercambio recíproco entre diferentes individuos de otras comunidades y de otras etnias. En este caso que nos convoca, los Bara ofrecen carne a su grupo cuñado, los Tuyuka, que a su vez deben realizar una fiesta en la que harán un ofrecimiento de pescado a los Bara. Así ambas comunidades estrechan lazos de amistad y reciprocidad y, a su vez, celebran y refuerzan los lazos de matrimonio y afinidad. En muchos casos estas fiestas también posibilitan el acceso a recursos que no están disponibles en ciertos territorios. La celebración se prolonga hasta la mañana del siguiente día.

Recorriendo sitios sagrados con la palabra

Amanece. La chicha se ha acabado y los danzadores han realizado todo su repertorio. Se han recorrido todos los sitios sagrados, y las historias de los antepasados han sido recordadas desde las enseñanzas del primer Baya, o maestro de danza. El medio ambiente ha sido purificado de espíritus malvados, y se han calmado las fuerzas malévolas. La coca, el tabaco y la chicha han sido rezados. Los indígenas conviven como amigos con los espíritus de la selva.

 

Alejandro Campuzano Zuluaga é biólogo e mestrando no Instituto Nacional de Pesquisas da Amazônia – INPA

Las fotografias y vivencias de este articulo fueron tomadas en el marco del proyecto “Diagnóstico, evaluación y manejo comunitario de la fauna silvestre en la zona del río Tiquié, departamento del Vaupés, amazonia colombiana”, Convenio 586 ejecutado por el Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas SINCHI y financiado con recursos de la Fiduciaria Bogotá como vocera del PATRIMONIO AUTÓNOMO FONDO NACIONAL DE FORTALECIMIENTO PARA LA CIENCIA, LA TECNOLOGÍA Y LA INNOVACIÓN, FRANCISCO JOSÉ DE CALDAS, de COLCIENCIAS y del Banco Interamericano de Desarrollo – BID.

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